Pedro Arturo Aguirre

Hombres Fuertes

Subterfugio de Tiranos

Pedro Arturo Aguirre ·

Las elecciones son la piedra angular de la democracia, pero solo si existen condiciones para garantizar procesos genuinamente libres y justos, de lo contrario, las urnas pueden convertirse en “subterfugio de tiranos”, como lo comentó recientemente el politólogo Jorge Javier Romero. Cada día son más las naciones donde las elecciones son libres, pero no son justas. Por ejemplo, el pasado domingo en Polonia 300 mil personas salieron a protestar en contra de la creación de una controvertida comisión de investigación “sobre la posible influencia de Rusia en los políticos”, impulsada por el partido gobernante, el ultraconservador y populista Ley y Justicia (PiS). Esta iniciativa apunta directamente al principal líder opositor, Donald Tusk (primer ministro del país entre los años 2007 y 2014), pretende inhabilitarlo políticamente e impedir su candidatura a jefe de gobierno postulado para las elecciones de este año por una coalición multipartidista con el pretexto de una supuesta afinidad macabra con Moscú. La oposición ha bautizado ya como “Ley Tusk” a esta idea, la cual podría usarse para bloquear la candidatura de otros políticos de la oposición.

Otro caso reciente de elecciones no competitivas lo acaba de dar Turquía, donde el presidente Erdogan ha encabezado un proceso de desgaste progresivo de la democracia mediante modificaciones a la Constitución y de la normativa electoral valiéndose de su mayoría en el Parlamento para obtener ventajas significativas ante la oposición haciendo uso los recursos del Estado, garantizando el dominio sobre los medios de comunicación y facilitando la creación de redes clientelares. Notable también en los pasados comicios fue la arbitraria inhabilitación del popular alcalde de Estambul Ekrem Imamoglu, impedido para ser candidato con una argucia legal. Por todas estas razones, los observadores electorales de la Organización para la Seguridad y Cooperación Europeas calificaron a estas elecciones, precisamente, como “libres, pero no justas”.

Casos muy similares de estos también llamados “regímenes híbridos” (o “iliberales”) lo ofrecen naciones con gobiernos populistas como Hungría, Rusia Nicaragua y Venezuela, donde -teóricamente- para los partidos de la oposición ganar las elecciones no es imposible, pero sí extremadamente difícil por no gozar de igualdad en las condiciones de competencia. De acuerdo con el especialista en este tipo de sistemas políticos, Larry Diamond, las elecciones son “libres” cuando “los obstáculos legales para entrar en la arena política son mínimos, hay libertad sustancial para los candidatos para hacer la campaña y si los votantes experimentan poca o ninguna coerción en el ejercicio de su derecho al voto”; pero solo son también justas cuando “son organizadas, supervisadas y sancionadas por autoridades neutrales y competentes, y cuando el Estado es efectivamente impedido de utilizar indiscriminadamente sus muchos recursos en favor de algún partido contendiente”.

México se acerca cada vez más al modelo de democracia no competitiva. Lo acabamos de ver en el Estado de México, cuyo proceso electoral se vio viciado por las constantes y flagrantes violaciones a la ley electoral por parte del presidente López Obrador, por funcionarios públicos haciendo campaña en favor de Morena, con la divulgación de encuestas falsas, con la coacción abierta o simulada a los medios de comunicación, con la abierta operación política a favor de Delfina Gómez financiada con recursos públicos y dirigida desde el gobierno de la Ciudad de México, y con una autoridad electoral demasiado complaciente frente a todas estas irregularidades.

Las condiciones para una competencia justa se están degradando ante nuestros ojos. Sin embargo, sería injusto explicar el triunfo morenista en el Edomex exclusivamente con estos argumentos. Mientras no haya partidos de oposición capaces de desarrollar un trabajo político efectivo les será muy difícil ganar en las urnas. Y esta es una lección también para los regímenes híbridos en otras latitudes. Si las oposiciones desean contar con opciones de vencer a los actuales dirigentes autocráticos deben adoptar una estrategia de cooperación extraordinariamente precisa, y aún ello no basta. En Turquía la oposición se unió para postular a un solo candidato, pero no pudieron superar a Erdogan no solo por tener a toda la maquinaria estatal en contra, sino porque tampoco supieron superar la estrategia populista agresiva, polarizadora y exaltadora de un nacionalismo excluyente del presidente. También fue poco claro su mensaje de como pensaba formar un gobierno eficaz con una coalición de partidos ideológicamente distantes. En el fondo, y más allá de la política electoral, el secreto radica en saber establecer las formas como la oposición puede contrarrestar eficazmente las agendas polarizadoras e identitarias, porque cuando la escena sociopolítica está dominada por una intensa polarización, las preferencias de los votantes se rigen por el partidismo negativo y la lealtad a un líder fuerte.